10. La Alimentación en montaña

Lo más importante en la alimentación del montañero es que requiere una distribución de los principios inmediatos, similar a otros deportistas, es decir, 60% de hidratos de carbono, 22% de lípidos y 18% de proteínas, aunque se puede aceptar una corrección tendente a aumentar el consumo de hidratos hasta un 70% a costa del descenso de las proteínas en un 10%, ya que estas consumen más oxígeno en su transformación y los hidratos retienen más agua en su almacenamiento con lo que se contrarrestan los efectos de la hipoxia y la desidratación en cierto modo.

La ración ideal es aquella que proporciona el mayor número de calorías con el mínimo peso, a base alimentos agradables y de fácil digestión. Esto no siempre es posible a gran altitud, ya que el frío, la hipoxia, el ejercicio, el transporte de carga, etc., hacen difícil la configuración de una ración ideal.

Durante la marcha de aproximación la ración debe ser equilibrada, entre 3.000 y 4.000 Kcal., bien repartidas durante la jornada para evitar fases de agotamiento. Se dará preferencia a un régimen hiperglúcido.

En los campamentos de altura resulta muy difícil, por no decir imposible, querer compensar el gasto energético y habrá que conformarse con una ración de 2.000 Kcal., para equilibrar el balance calórico negativo y la pérdida de peso.

Durante el esfuerzo se deberá completar la alimentación con productos de dietética muy energéticos.

Es necesario insistir en la necesidad de un adecuado aporte hídrico. Durante la aproximación la ingestión de agua debe ser abundante: Bebidas embotelladas o de agua desinfectada y filtrada tres cuartos de hora antes de su consumo, o en su caso, agua hervida. El té local es una bebida excelente y sin ningún peligro.

En la permanencia a grandes alturas es necesario una compensación hídrica óptima (de tres a cinco litros según el ejercicio efectuado y la temperatura ambiente), con un suplemento de sales minerales (sopas saladas) y vitaminas.